Soy Sara.
Y durante mucho tiempo pensé que mi trabajo consistía en ayudar a las personas a mejorar su salud. Con los años comprendí que mi trabajo era otro: acompañarlas a volver a habitar su cuerpo.
Hoy entiendo la salud de una manera diferente. No como la ausencia de síntomas, sino como la capacidad de un cuerpo para responder, adaptarse y ampliar sus posibilidades.
Después de estudiar Nutrición, tuve la oportunidad de vivir y trabajar durante varios años en proyectos de salud materno-infantil en Zambia, Angola y Perú.
Fui pensando que iba a aportar conocimientos, y volví comprendiendo que eran aquellos cuerpos y aquellas comunidades los que estaban transformando mi manera de mirar.
Aprendí que la salud nunca ocurre aislada. Está atravesada por el lugar donde vivimos, la comunidad que nos sostiene, los vínculos que nutrimos, los recursos que tenemos, el trabajo, el descanso, la alimentación y, en definitiva, por el contexto en el que esa vida está ocurriendo.
Un cuerpo siempre expresa mucho más que una analítica; expresa también la vida que ha tenido que sostener.
Más adelante llegaron otras mujeres, de distintos lugares y tradiciones, que me enseñaron a mirar el cuerpo desde una sabiduría profundamente cotidiana.
Con ellas comprendí que la ciclicidad no es solamente una cuestión hormonal: que alimentarnos también puede ser una forma de escuchar, que descansar también es una intervención, que atender un cuerpo requiere de tiempo, presencia y capacidad para permanecer con lo que está ocurriendo.
Muchas veces la transformación no aparece cuando hacemos más, sino cuando dejamos de interrumpir aquello que el cuerpo lleva tiempo intentando hacer.
Mi formación comenzó en la nutrición y continúa hoy a través del estudio de la medicina integrativa, la fitoterapia, los sistemas digestivo, hormonal y nervioso, y la terapia somática.
Creo en la medicina, en la ciencia y en el conocimiento. Y también creo que hay cosas que un cuerpo sabe, siente y expresa que no siempre pueden explicarse desde una sola mirada.
Por eso sigo formándome: no para acumular respuestas, sino para aprender a hacer mejores preguntas.
A mirar un síntoma desde más de un lugar, a comprender la fisiología sin separarla de la experiencia, a reconocer cuándo necesitamos intervenir, cuándo necesitamos investigar y cuándo necesitamos simplemente crear las condiciones para que algo pueda reorganizarse.
Por eso no entiendo mi trabajo como la aplicación de un protocolo, lo entiendo como una práctica de atención.
Creo que el cuerpo tiene sentido.
Creo que un síntoma merece ser escuchado antes de ser silenciado.
Creo que la salud no puede separarse de la vida que estamos viviendo.
Creo que no todo necesita ser optimizado, corregido o controlado.
Creo que el cuidado puede convertirse fácilmente en otra forma de exigencia.
Creo en la medicina, en la ciencia y en el conocimiento. Y también que ningún análisis puede contar por completo la historia de un cuerpo.
Creo en la importancia de aprender a discernir: qué investigar, qué intervenir, qué sostener y qué dejar ser.
Creo que hay cosas que podemos comprender, y otras que necesitamos aprender a escuchar.
Creo que la vida siempre contiene más de lo que podemos explicar y nombrar. Y que quizá sanar tenga menos que ver con cambiar el cuerpo y más con cambiar la forma en que lo habitamos.